9 de febrero de 2014

Mónica Pérez

A veces sonaba el timbre y yo saltaba del colchón a un pantalón y una playera para ir a la puerta a descubrir que no era ella, que era alguien mas que no la sustituía.
Luego el celular timbraba y tardaba en sacarlo de la bolsa por que sabia que me iba a doler ver algún numero conocido de algún amigo, con algún pretexto para irnos con cualquiera a beber lo que fuera y meternos todo.

A veces, cuando cualquiera de los dos timbres si era seguido de su voz, hacíamos el amor. Unos minutos. Sin terminar. Eramos niños, supongo. O éramos idiotas, que es lo que mas creo. Y luego se largaba y "nunca mas la voy a buscar" y "nunca mas voy a llamarle".

Y al final ahí estaba acurrucandome en sus manos cuando ella quería. Quitandome el traje ese de digno, de "me vale y no siento nada, quiero sexo" y de me-pinches-da-igual-si-tu-novio-te-pinches-habla y me le abalanzaba encima pa' abrazarmela y comermela a besos.

Y luego "que te vaya bien, Miss Carrusel" y como idiota de nuevo. Solo y gris o azul y a veces bieeeeen pinche verde.



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Y hoy.
Estoy sentado en su cama que es nuestra, abrazando a su hijo que es mío y esperandole a ella que es tan suya y trae mis cigarros.

Te amo tanto.

Despues de tantas vueltas y años.
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